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MUERTE Y DUELO

Duelo Normal y Duelo Patológico

Normalmente la pérdida de un ser querido puede generar un dolor tan grande para los deudos que el simple hecho de seguir viviendo se vuelve sumamente doloroso. Pasado un tiempo el dolor comienza a retirarse y paulatinamente se abren espacios de "alivio y olvido", lo que le permite al deudo con el transcurso de los meses, ir reinsertándose en la corriente de la vida con nuevos proyectos, perspectivas e intereses.
El duelo es por lo general un proceso de readaptación doloroso, donde la persona necesita aprender a vivir sin su ser amado. No existe una duración uniforme para todo el mundo, pero podemos decir que generalmente los momentos de mayor dificultad duran entre 1 y 2 años. Aunque sabemos que hay duelos que sin ser patológicos se van elaborando a lo largo de muchos años. Pero cuando el dolor se hace excesivo en relación a su duración o intensidad, estamos hablando de "duelo patológico".
El duelo patológico está acompañado por uno o varios de estos síntomas: pensamientos mórbidos, sentimientos de culpa, ideas suicidas, rabia, consumo creciente de alcohol u otras substancias legales o no que se utilizan para "olvidar", sentimiento de inutilidad, pérdida de sentido, insomnio, depresión persistente, incapacidad para sostener las obligaciones sociales, como por ejemplo ir a trabajar.
En esos casos es aconsejable que quien atraviesa por dicha situación pueda hablar con alguien de su confianza o con un terapeuta especializado que lo ayude a reencontrarse con la vida. Existe allí una necesidad de revisar el dolor y ver que significados ocultos incrementan el sufrimiento de modo extremo. La persona afectada necesita elaborar la pérdida, pues su duelo se ha encaminado hacia una dirección que necesita ser modificada.

"La conciencia de nuestra finitud es una parte substancial del desarrollo humano, para poder alcanzar la madurez psicoemocional, para poder conquistar nuestro destino como individuos y vivir la vida de modo pleno."

Algunas reflexiones sobre la muerte y el duelo

En nuestra cultura hablar de la muerte está considerado un tabú. Es algo que uno debe evitar en casi cualquier diálogo, para no quedar “fuera de lugar”. Una prohibición silenciosa rige sobre el tema, es una de esas cosas sobre las que “no se habla”.
Como si por evitar el tema en las conversaciones se pudiera huir de la realidad de la muerte, de la finitud, tanto propia como de los otros.
Muerte y duelo despiertan un temor irracional en la mayoría de las personas. No hay capacidad de enfrentar y mucho menos de aceptar estos hechos naturales de la vida. La actitud que domina es la de un rechazo inmediato en forma de huida y de una negación generalmente completa.
Estas actitudes negativas hacia la realidad ineludible de la muerte y el duelo, han generado un vacío poco saludable en la sociedad y sus individuos.
Desde la época de la Revolución Industrial y el comienzo del proceso de la muerte en hospitales, se ha desarrollado una creciente desnaturalización en la comprensión y el abordaje de estos temas.
En una actitud claramente regresiva y desadaptativa, hemos perdido paulatinamente el contacto con la naturaleza de las cosas tal y como son. La muerte como parte completamente normal del proceso vital es evitada, y con ello queda negada una faceta inmensamente importante de nuestra naturaleza.

La conciencia de nuestra finitud es una parte substancial para alcanzar la madurez psicoemocional, para poder conquistar nuestro desarrollo integral como individuos plenos y concientes.
El contacto directo y sin negación con la muerte y el duelo nos abre a una comprensión nueva sobre nosotros mismos y el mundo en el que vivimos. La aceptación y elaboración de estos temas puede ayudarnos a reencontrar la proporción y el sentido que la vida contemporánea parece haber perdido.
La muerte, al contrario de lo que comúnmente se piensa en la actualidad, es una instancia dadora de sentido, la conciencia de la finitud, tanto nuestra como de los otros puede reorganizar positivamente el significado de la existencia, permitiéndonos valorar y apreciar esta vida de un modo nuevo y a la vez más real y auténtico.

Las consecuencias psicoemocionales y filosóficas que tiene la negación de estos temas son claramente negativas. Actuando en detrimento de nuestra integridad y de nuestra capacidad conciente, distorsionando de modo dramático nuestra relación con la realidad de la vida tal cual es.

Vida y muerte son las dos caras de una misma moneda. Esa moneda es la existencia. Vida y muerte se complementan naturalmente, siendo una condición de la otra.
La existencia se despliega ante nosotros en ciclos consecutivos que se repiten indefinidamente: inhalación y exhalación, sístole y diástole, día y noche. Todo nace y muere, cada cosa está atada a este ritmo incesante. La biología nos muestra claramente que desde los organismos más simples hasta las formas de vida más sofisticadas cumplen con estos hitos universales de nacimiento y muerte. La astronomía nos muestra que también las lunas y los planetas, las estrellas y las galaxias están atadas a estos ciclos.

En las sociedades preindustriales desde los tiempos más remotos, el hombre reconoció estos ciclos tanto en sí mismo como en la naturaleza.
Es el hombre contemporáneo el que ha perdido su conexión con estas nociones básicas. Lo que lo mantiene alienado de sí mismo, de los otros y del medio natural que lo rodea.
La ignorancia y la negación no pueden llevarnos hacia la verdad ni hacia la plenitud de la vida. Es una actitud decididamente responsable sobre nosotros mismos la que puede ayudar a liberarnos de esta alienación y religarnos con las dimensiones más profundas de la existencia. Y en esa dirección encontraremos la necesidad de afrontar y elaborar estos dos temas fundamentales: muerte y duelo.

¿Y cómo hacerlo? Por medio del diálogo, la reflexión, la lectura. Enfrentando las situaciones que vienen a nosotros sin resquemores ni ocultamientos. Aceptando, afrontando, abriéndonos.
Entonces podemos ver las cosas desde una perspectiva nueva. La vida se llena de significado y valor, el contacto con los otros adquiere una nueva dimensión, más profunda y rica. Comenzamos a valorar a los otros y a nosotros mismos desde una visión más amplia, más sensible. Por que al aceptar y reconocer la finitud y la impermanencia, podemos sentir y comprender el valor de la vida de un modo fresco y pleno. Dejando atrás la rutina, el aburrimiento, la superficialidad y el apego innecesario por aquellas cosas que no son primordiales.
Podemos así revalorar el amor y la felicidad, lo que tenemos y lo que realmente nos falta. La invitación queda hecha. Hablar sobre la muerte es hablar sobre la vida pero de un modo más profundo.

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Encuentros personales para hablar sobre la Muerte

"La muerte, al contrario de lo que comúnmente se piensa en la actualidad, es una instancia dadora de sentido ... puede reorganizar positivamente el significado de la existencia, permitiéndonos valorar y apreciar esta vida de un modo nuevo y a la vez más real y profundo."

“Hablar sobre la Muerte es hablar sobre la Vida pero de otro modo.”

(*) Bibliografía interesante sobre esta temática:

- ¿Quién Muere? Stephen Levine, Era Naciente.
- El Buen Morir. Hugo Dopaso, Era Naciente.
- Una Realidad Aparte. Carlos Castaneda, Fondo de Cultura Económica.
- El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte. Sogyal Rimpoché, Urano.
- Sobre la Muerte y los Moribundos. Elizabeth Kübler-Ross, Grijalbo.

Encuentros a cargo del Lic. Oscar Lanzillotti
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